El Alamo vió la luz el 23 de diciembre de 1967, producto de una idea original de Juan Carlos Weigel, Víctor Brullo y Enzo Bonatti, tres jóvenes de entonces que cumplieron el sueño del boliche propio.
«El Alamo fue un quiebre, nacido de la necesidad de los jóvenes de la época», dijo Weigel. Significó un antes y un después. Su desmantelación hace escombros los recuerdos de cientos de personas que conocieron el amanecer frente al mar afuera del mítico boliche.
Weingel afirmó que «con El Alamo nace el boliche, antes no existía». Fue en Playa Unión donde consiguieron un terreno que «nos dió la Municipalidad de Rawson, que lo tenía fijado para que fuera confitería»; era, la de esos años, una Playa Unión que terminaba en el Internado, «así que donde hicimos El Alamo era un descampado, era un boliche que no iba a molestar a nadie».
Weigel recuerda que «al boliche lo hicimos con mucho esfuerzo, con créditos, nos ayudó mucho Corradi donde trabajaba Tartaglioni (padre), luego se pagó todo, pero nos ayudaron mucho los créditos», comentó y agregó que el diseño arquitectónico del lugar se dió «por una cuestión económica: había pocos recursos y había que terminarlo». Fue entonces cuando alguien comentó «pongamos un techo de esos que se usan mucho en la zona norte de Buenos Aires, así que fuimos a comprarlo y lo trajimos». En este punto, Weigel aseguró que «El Alamo tuvo un Dios a parte porque todo ese material era inflamable de primera y nunca hubo un sólo inconveniente».
La idea original e
ra que hubiera una parte para el boliche y otra para un restaurante, ésa nunca vio la luz, porque «el boliche lo copó todo», dijo.
Los socios fundadores estuvieron juntos hasta el 72' cuando previa partida de Bonatti, se retiró Weigel. Para los tres, El Alamo «era el juguete deseado». «Lo importante para mí es que El Alamo cumplió con una necesidad de la época, había una necesidad de liberación y de cambio que el boliche cumplió perfectamente».
Los primeros sonidos llegaron gracias al Teatro El Grillo que les prestó los primeros equipos, «se improvisó una forma de poner música y fui yo el primero en hacerlo, al año siguiente compramos un equipo importante de música y luego se habilitó la pista transparente».
La primera temporada estuvo abierto desde diciembre a abril, luego reabrieron los primeros días de diciembre del 68', y la realidad fue que «la gente sobrepasaba la capacidad del boliche». Weigel recuerda que «Bonatti y yo trabajábamos en la provincia, que fue muy generosa en no habernos echado, porque faltábamos cada dos días, estábamos muertos, porque abríamos de lunes a lunes y siempre con mucho público, realmente marcó toda una época de una juventud que quería otra cosa».
En El Alamo se formaron muchas parejas, «hubieron romances, desilusiones, fue un lugar para los amigos, permitió que el amor se recreara noche tras noche, salir a ver la luna en el mar», comentó emocionado y agregó, «El Alamo te dió la oportunidad de descubrir una salida de sol, que descubrieras la luna, tuvo todo eso».
En esa época «estaba de moda el tema «Pata pata» y en la pista tirábamos talco, la gente se sacaba los zapatos y bailaba sobre el talco, realmente no se cómo no se intoxicó nadie, porque salías cubierto de talco», comentó.
En El Alamo se hicieron casamientos, despedidas de solteros, obras de teatro y actividades culturales, «la gente lo hizo grande, no nosotros».
Weigel no se esfuerza en reconocer la pena de ver al boliche que hizo historia desmantelado, «me hubiese gustado que la Municipalidad lo comprara y lo mantuviera como un lugar para las expresiones culturales populares», dijo.
«Me quedan para mí amaneceres, reflejos de luna en el mar, noches serenas, algún baño en el mar a la noche, amigos, romances, porque quien fue la mamá de mis hijos la conocí allí, dejé de poner música para bailar por primera vez con ella en El Alamo», afirmó.
Publicado en El Chubut, el martes 8 de abril
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