sábado, 26 de abril de 2008

El Alamo comienza a ser leyenda

 El Alamo vió la luz el 23 de diciembre de 1967, producto de una idea original de Juan Carlos Weigel, Víctor Brullo y Enzo Bonatti, tres jóvenes de entonces que cumplieron el sueño del boliche propio.

«El Alamo fue un quiebre, nacido de la necesidad de los jóvenes de la época», dijo Weigel. Significó un antes y un después. Su desmantelación hace escombros los recuerdos de cientos de personas que conocieron el amanecer frente al mar afuera del mítico boliche.

Weingel afirmó que «con El Alamo nace el boliche, antes no existía». Fue en Playa Unión donde consiguieron un terreno que «nos dió la Municipalidad de Rawson, que lo tenía fijado para que fuera confitería»; era, la de esos años, una Playa Unión que terminaba en el Internado, «así que donde hicimos El Alamo era un descampado, era un boliche que no iba a molestar a nadie».

Weigel recuerda que «al boliche lo hicimos con mucho esfuerzo, con créditos, nos ayudó mucho Corradi donde trabajaba Tartaglioni (padre), luego se pagó todo, pero nos ayudaron mucho los créditos», comentó y agregó que el diseño arquitectónico del lugar se dió «por una cuestión económica: había pocos recursos y había que terminarlo». Fue entonces cuando alguien comentó «pongamos un techo de esos que se usan mucho en la zona norte de Buenos Aires, así que fuimos a comprarlo y lo trajimos». En este punto, Weigel aseguró que «El Alamo tuvo un Dios a parte porque todo ese material era inflamable de primera y nunca hubo un sólo inconveniente».

La idea original e ra que hubiera una parte para el boliche y otra para un restaurante, ésa nunca vio la luz, porque «el boliche lo copó todo», dijo.

Los socios fundadores estuvieron juntos hasta el 72' cuando previa partida de Bonatti, se retiró Weigel. Para los tres, El Alamo «era el juguete deseado». «Lo importante para mí es que El Alamo cumplió con una necesidad de la época, había una necesidad de liberación y de cambio que el boliche cumplió perfectamente».

Los primeros sonidos llegaron gracias al Teatro El Grillo que les prestó los primeros equipos, «se improvisó una forma de poner música y fui yo el primero en hacerlo, al año siguiente compramos un equipo importante de música y luego se habilitó la pista transparente».

La primera temporada estuvo abierto desde diciembre a abril, luego reabrieron los primeros días de diciembre del 68', y la realidad fue que «la gente sobrepasaba la capacidad del boliche». Weigel recuerda que «Bonatti y yo trabajábamos en la provincia, que fue muy generosa en no habernos echado, porque faltábamos cada dos días, estábamos muertos, porque abríamos de lunes a lunes y siempre con mucho público, realmente marcó toda una época de una juventud que quería otra cosa».

En El Alamo se formaron muchas parejas, «hubieron romances, desilusiones, fue un lugar para los amigos, permitió que el amor se recreara noche tras noche, salir a ver la luna en el mar», comentó emocionado y agregó, «El Alamo te dió la oportunidad de descubrir una salida de sol, que descubrieras la luna, tuvo todo eso».

En esa época «estaba de moda el tema «Pata pata» y en la pista tirábamos talco, la gente se sacaba los zapatos y bailaba sobre el talco, realmente no se cómo no se intoxicó nadie, porque salías cubierto de talco», comentó.

En El Alamo se hicieron casamientos, despedidas de solteros, obras de teatro y actividades culturales, «la gente lo hizo grande, no nosotros».

Weigel no se esfuerza en reconocer la pena de ver al boliche que hizo historia desmantelado, «me hubiese gustado que la Municipalidad lo comprara y lo mantuviera como un lugar para las expresiones culturales populares», dijo.

«Me quedan para mí amaneceres, reflejos de luna en el mar, noches serenas, algún baño en el mar a la noche, amigos, romances, porque quien fue la mamá de mis hijos la conocí allí, dejé de poner música para bailar por primera vez con ella en El Alamo», afirmó.

Publicado en El Chubut, el martes 8 de abril

jueves, 14 de febrero de 2008

Marcelo Ruíz: Doloroso adiós a un periodista

Falleció ayer en Capital Federal. Trabajaba en Jornada. Tenía 38 años. Consternación.
Entra a la redacción con los ojos hinchados por la siesta que seguramente no quería abandonar. Mira alrededor buscando alguna sonrisa cómplice. Enseguida empiezan las preguntas rutinarias que lentamente se van convirtiendo en largas charlas de la redacción. Tarda en acomodar las cosas que trae al hombro. Festeja un chiste. Hace otros dos, que todos celebramos. Después empieza a volcar el trabajo cotidiano, el de esa profesión que abraza desde hace no se sabe cuántos años, pasando de redacción en redacción, saltando por estudios de radio. Es periodista. Uno más de los tantos periodistas anónimos que pueblan esos largos salones de computadoras amontonadas, que sufren o gozan con cada noticia. Es tan alegre como cabrón. Ama a su Boca de toda la vida y alienta a la broma conjunta buscando aliados para alguna salida disparatada. Cuando llega la noche, vuelve a poner al hombro sus cosas. Tal vez, igual que pone al hombro sus sueños. Los comparte con su hijo y su mujer rumbo a su casa, tejiendo en el camino mil historias familiares. Las de ayer, hoy y mañana.Casi un pibe todavía, sus 38 no parecen reales porque una panza prominente y su calvicie galopante se encargan de sumarle algunos meses a su sonrisa de pibe de la calle, de atorrante de algún barrio de malandras.Cuesta hablar de "El Pollo" en pasado. Cuesta pensar que ya no va a hacer lo que hacía, que no lo tendremos más. Cuesta creer en esa muerte súbita. Para nosotros lo mejor era tenerlo. Y en eso seguiremos pensando. "Las personas no mueren. Sólo mueren aquellas a las que la gente olvida".Nosotros no te vamos a olvidar. #

Publicado en el Diario Jornada el 13 de Febrero

Murió el Poyo Ruiz


Hoy, luego de una operación al corazón falleció Marcelo Poyo Ruiz. Un tipo bárbaro, con pocas pulgas pero de códigos. A pesar de que hacía una pila de años que no lo veía, siempre le sentí cerca. Cuando era vocal de prensa en la Comisión Directiva que presidía el Chivo López, se me aparece el Poyo, al que ya conocía de antes, para proponerme armar un programa de radio de Cecheba. Para ese entonces, también estaba Fernando D`Aloia con una idea similar. A pesar de que ambos eran de Trelew no se conocían. Los junté para el proyecto. Y se armó la dupla ideal. Me sentía orgulloso como el técnico que juntó a Bochini con Bertoni. Fue nuestra mejor etapa en Buenos Aires. Compartíamos días y noches diseñando los boletines, armando el programa de radio, trabajando en las fiestas. Aprendimos muchas cosas que luego usamos en nuestras vidas profesionales y particulares. Fue un posgrado hecho antes de recibirnos. El Poyo y Fernando se recibieron de periodistas, y forjaron una amistad de hierro. Yo me recibí de ingeniero, y por esas cosas de la vida me desencontré con ellos, cosa de la cual me arrepiento y ahora ya no podré remediar. Con la excusa de los 20 años de Cecheba volví a tomar contacto con ellos, pero Marcelo no fue a la fiesta y no lo pude ver. Perdón por la frase, no soy periodista, ni político, y menos escritor, y estoy amargado: la puta madre que los pario!!! Que injusta que es la vida a veces, habiendo tanto viejo hijo de mil puta suelto, justo se tiene que morir un tipo bárbaro de treinta y pico, con un pibe de seis años...